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lunes, 27 de mayo de 2013

Como un juego de niños


Me es muy difícil escribir sobre mi trabajo con los niños porque siempre que lo intento siento que no soy capaz de reflejar lo que me apasiona esta actividad. Aunque soy consciente de que la tengo altamente idealizada, como todo lo que me gusta, no me importa, como “personalidad idealista” me va bastante bien en la vida y no veo la necesidad de cambiar en este aspecto. 

Hace poco, saliendo precisamente  de una de las clases de teatro que doy, me sobrevino el pensamiento de que si fuera posible capturar la esencia de mi misma y encerrarla en algún lugar, una vez descartado todo lo demás, quedarían sólo dos cosas: La introspección, y mi amor por los niños con los que trabajo. Básicamente soy eso y no hay ninguna arista ahí que pulir, no sé si me explico, quiero decir que si  tuviera la certeza de para que vine esta vez al mundo, la respuesta sería: para experimentar el animal que soy, y para tener la oportunidad de trabajar con niños. Podré equivocarme y arrepentirme de todo lo demás que acontece en mi vida, pero en estos dos puntos no hay error alguno. Muy cerca de esta sensación, se encuentra también la de acercarme a realidades sociales paupérrimas y el soñar con transformarlas. Pero advierto moviéndome en ellas que todavía hay demasiada aflicción, a menos que se trate de niños, estar cerca de los cuales, sea en las circunstancias sociales que sean, siempre me produce alegría. 

Pienso que podría escribir un extenso y sincero libro sólo con la experiencia de  los últimos ocho meses en mi taller de teatro, e incluso cabe la posibilidad de que pudiera llegar a ser entretenido. Cada lección que aprendí de los niños sería un capítulo. En realidad no se trata de una vivencia extraordinaria, ni nada que no se haya dicho y hecho antes de  maneras diferentes. Tengo que confesar que me da mareo ver la cantidad de libros sobre educación que se publican cada año (lo mismo me pasa con los de espiritualidad y autoayuda). Cuando estoy en una gran librería entre tantas palabras me dan ganas de no volver a escribir ni una más. Está claro que todo lo que yo he vivido y sentido ya lo experimentaron y escribieron otros. Creo francamente que hay que tener un ego grade y en forma para escribir y publicar algo que crees que va a destacar entre todo lo demás, pero aunque pienso esto soy incapaz de dejar de escribir. Será porque soy idealista...

Con los niños todo es tan fácil en algunos aspectos... trabajar con ellos es tener la posibilidad de vivir en una fantasía perpetua, sobre todo si realizas el tipo de trabajo que yo hago. Supongo que cuando educas a tus hijos es bien diferente a enseñar durante 4 horas teatro a la semana. No quiero insinuar que la labor de educar y enseñar no sea ingrata a veces por supuesto, ni que sea lo mismo dar una lección de matemáticas que una clase de danza, pero la mente de niño es por naturaleza divertida y guasona hasta  que la lógica y la identidad se desarrollan.

Si escribiera un libro sobre mi experiencia con ellos, dedicaría un capítulo a la educación en el amor y la compasión. Me importa un pimiento si la bondad o la maldad forman parte de nuestra naturaleza humana, esta es una discusión que no terminará nunca. Yo lo único que sé es que hace varios meses, mientras desarrollaba la clase de teatro, uno de los niños se cayó al suelo de una manera ridícula. Como era de esperar, ésto hizo estallar instintivamente la risa de sus compañeros, sólo tienen seis años y que se resbalen o no controlen cien por cien el espacio es habitua a esa edadl. Lo que no se dieron cuenta es que su compañero se había hecho daño de verdad y estaba llorando. Tuve que interrumpir la clase y ponerlos en círculo para explicarles muy seria que cuando alguien se caía, lo primero que debíamos  hacer era acercarnos a ver si esa persona se encontraba bien, porque por muy graciosa que nos hubiera parecido la caída, podía ser que la otra persona se hubiera hecho mucho daño, y eso no era divertido. Les expliqué que la risa era un impulso natural y no tenían que ocultarla, pero que la risa también podía herir y hacer sentirse mal a alguien en esa situación. Les dije que cerraran los ojos y recordaran como se sentían cuando se caían al suelo. Todos me contestaron que muy mal y empezaron a contar un montón de anécdotas a la vez que mostraban las cicatrices de sus recientes caídas.

Desde ese momento, no ha habido ni una sola vez en el que un compañero se haya hecho daño y todos los niños que lo han visto no hayan ido corriendo a preguntarle si estaba bien. Tanto es así que llegados a este punto, puedo confesar que ellos están mucho más pendientes del dolor de sus compañeros que yo misma que no le doy importancia a la mayoría de sus tropiezos. Muchas veces después de preguntar a su amigo“¿te has hecho daño?” me miran para que les dé mi aprobación. “Muy bien Yassine, lo primero que has hecho es preguntar si se ha hecho daño el compañero, eso está muy bien” 

 Pero lo que más me conmovió de toda esta historia, fue un día en el que jugando en el gimnasio con ellos, me di un fuerte golpe en la rodilla contra uno de los  bancos de madera( la veces os adultos tampoco controlamos el espacio ;) entonces varios niños se acercaron a mí y poniéndome la mano en el hombro me preguntaron: “¿estás bien profe, te has hecho daño?” Y entonces sentí que  la vida era una cosa bonita y vivirla un juego de niños.




"Sólo el sentimiento de responsabilidad total para con toda la humanidad, que es amor, puede transformar las bases del actual estado de la sociedad"
                     J.Krisnhnamurti



 


Sobre clases de teatro a niños, he hablado más AQUÍ

 * Todos los artículos de este blog, recogen mis experiencias personales y mi manera de interpretar aquello que vivo, la cual no tiene porque coincidir con la del resto de personas que lean mis palabras. No pretendo ofender a nadie, esto es sólo el reflejo, de una forma de sentir.

sábado, 16 de marzo de 2013

Espacios en blanco

22 minutos fue el tiempo que pasó hasta que el niño Mario irrumpió en  la clase junto con el jefe de estudios que le acompañó hasta su mesa.

"¿Le has enseñado a la profesora de apoyo tu examen de lengua? ¡venga, enséñaselo!” Él, adulto. Autoritario. En su rol. Muy joven, alto y rubio. Guapo. En plenitud y demasiado cerca de la cara del alumno, pensando que lo hace bien. Cree que aprecia al niño, y yo no diré lo contrario. Pues yo sólo hablo de lo que vi: a un hombre obligando a un niño a enseñarme su examen de lengua de 1,5 de nota,  delante de sus compañeros, callados y complacencientes porque esta vez no "eran ellos" los castigados. Yo observaba y pensaba que un día no muy lejano, este niño ya no significaría nada para este hombre. Y sabía porque siempre ocurre, que el cerebro del niño seleccionaría la impresión más fuerte registrada de la imagen de ese hombre: su mano en el hombro o su humillación. 

 El alumno. Creciendo, lleno de contradicciones, rodeado de cosas que no entiende, su cabeza rinde al máximo y no para responder a exámenes de lengua, si no para entender el mundo. Cuando tu mundo es "distinto" toda tu energía  se va en interpretar las diferencias, lo sé. Este niño. Mirando la mesa compungido, la nuca baja, la caída de ojos exacta que no pueden disimular las personas que están siendo avergonzadas. Sus hombros arqueados hacía adelante  que es la manera inconsciente de proteger el pecho ante el sufrimiento.  El examen dejado con desgana sobre la mesa con la nota más baja posible para que yo lo vea. Y a mí qué. Lo cojo, pero me da igual la nota, lo que me aterra es la humillación a la que está siendo sometido  delante de sus compañeros y de mí. Me siento igual que él, no sé a dónde mirar “Ya te he dicho  que aprendas a pedir ayuda, Mario” son las últimas palabras, duras e imperativas que el jefe de estudios pronuncia, su cuerpo tenso, los brazos rígidos. Y se va veloz dejándome la clase llena de apatía. Dos semanas más tardes Gerald otro alumno, me dirá después de que este hombre entre amenazando a todo el grupo: "ya no me acuerdo de nada de lo que estudié. Me he desanimado".  

Pero supongo que es así, alguien debe representar la autoridad y debe hacer que se cumpla, y que bien que no me tocó a mí.

Me siento detrás de la mesa de la profesora que me separa más si cabe de las emociones de mis alumnos. Repaso el examen de lengua, para descubrir que el problema en él no son los errores cometidos, si no justo los que Mario no ha cometido, porque de las 10 preguntas que componen el examen hay 5 sin responder... 
Es una pena que el jefe de estudios nunca vaya a leer esto, ya que incluso los nombres que uso son ficticios aunque las situaciones son bien reales, me gustaría poder aclararle a este señor, que cuando una persona ni siquiera intenta hacer aquello para lo que está plenamente capacitado, el problema no es de conocimientos, ni de mal comportamiento, si no de  voluntad, la cual está estrechamente ligada a nuestra identidad y a nuestra autoestima.
 
Es la voluntad  la que hace que nos levantemos cada día, la que hace que nos encaminemos al trabajo, al colegio, la que hace que decidamos, la que posibilita que nos expresemos. Afán, costancia, empeño, tesón, intención, deseo, gana, anhelo son sinónimos de voluntad. Cada pequeña acción que realizamos conscientemente nace de la voluntad,  y eso incluye coger el bolígrafo para intentar responder a todas las preguntas de un examen. En  la voluntad de hacer algo está implícita la creencia de que eres capaz de hacerlo. La voluntad nos define, nos impulsa, nos pone en acción, toda nuestra vitalidad física y mental se manifiesta a través de ella.
El examen de Mario, no era un acto de rebeldía, si no más bien una llamada de auxilio. Y los espacios en blanco lo que demostraban eran los espacios en blanco de su propia vida. Hacía tiempo que le veía triste en clase. No siempre me decía porqué, no le gustaba hablar de lo que le afligía, lo hacía con desgana, bajando la cabeza. Tono infantil evasivo. Entiendo. Ese niño está afectado por emociones que se le escapan. Y a mi también. Conocía su historia personal, los educadores contamos con esa información que se supone, puede ayudarnos en nuestro trabajo. Pero yo sólo le ayudo con las tareas 4 horas a la semana, y no se espera de mí otra cosa (¡que os jodan!) así que mi campo de acción para brindarle cualquier apoyo fuera de eso, es limitado.

Mario estuvo separado de su madre los primeros seis años de su vida, le tuvo joven lejos, en otro país, y cuando madre e hijo se unieron de nuevo en España, simplemente no se conocían. La madre había rehecho su vida, y en un mundo de pocas oportunidades, el niño fue una carga inesperada. Cuando le preguntaba sobre su infancia , Mario no me sabía decir con quien había vivido los primeros seis años en su país de origen, no recordaba si había sido su tía o su abuela la mujer que se había ocupado de él. Espacio en blanco. Decidí hablar con la directora aunque ya intuía lo que me diría: que era un niño complicado, con muy mal comportamiento debido a su difícil situación familiar. También me dijo que “afortunadamente” José Manuel, el jefe de estudios le estaba haciendo un seguimiento y conversaba mucho con él. 

 “Veo a Mario demasiado afligido en las últimas tres semanas. Creo que necesitaría el apoyo de un sicólogo. A lo mejor te parece muy fuerte esta palabra pero me parece un niño vulnerable a desarrollar depresión”  (...)
"La historia de Mario es… muy fuerte. “ Creemos que ha sido un niño maltratado en su país, puedes mirarle las marcas que tiene en la cabeza. No sabemos bien que es lo que pasó en esa época de su vida" 
  
Me acordé de las palabras del jefe de estudios: “te he dicho que aprendas a pedir ayuda” hay que saber poco de sicología infantil para decir algo así a un niño de 12 años. ¿Pedir ayuda? ¿no sabe que la premisa para pedir ayuda es saber que te ocurre algo? Si no lo sabemos muchas veces los adultos, cómo exigirle a un niño con la historia vital de Mario, que lo sepa y lo verbalice. Y por supuesto que el niño estaba pidiendo ayuda, cinco preguntas en blanco y el resto contestadas a boleo: ¿no es un claro grito de socorro?
 Cuando acabó ese día la clase, le dije a Mario que quería hablar con él. ¡Pobre! Se temió lo peor. “¡nooo, ¿porqué?! ¿qué he hecho?”. Esto lo repite continuamente incluso cuando has visto claramente que ha hecho algo que no debía, no para de repetirlo. Le cogí del hombro y caminamos por el pasillo. “Me da igual lo que diga el jefe de estudios sobre tu nota y tu comportamiento. En mi clase te portas muy bien y estoy contenta por eso” el niño se relajó y me cogió por la cintura. Entonces me di cuenta de que el jefe de estudios estaba detrás nuestra y lo había odio todo, pero a decir verdad me importó tan poco como la nota del examen  de Mario. En realidad es cariñoso y aniñado para sus doce años y busca tanto el contacto como un niño de 5. Una vez la madre vino a buscarlo y le dije que su hijo se portaba muy bien en mi clase y que era muy cariñoso, "sí, demasiado"  me contestó.

Una semana después, la directora me dijo que la madre de Mario quería mandarle de vuelta a su país porque le costaba hacerse cargo de él. Y porque  Mario representa su otra vida, aquella de la que huyó rumbo a España. Mario volvería para estar con un padre del que sólo conserva la dedicatoria de un viejo libro y con el que hace años que no habla. Desarraigarle otra vez tendrá consecuencias en la mente del niño, en su interpretación del mundo y en cada una de sus acciones futuras. El hijo heredando el sufrimiento de la madre y la madre el de su propia madre, en una cadena que ni el más implicado de los profesores, ni el educador más comprometido puede romper. 



* Todos los artículos de este blog, recogen mis experiencias personales y mi manera de interpretar aquello que vivo, la cual no tiene porque coincidir con la del resto de personas que lean mis palabras. No pretendo ofender a nadie, esto es sólo el reflejo, de una forma de sentir.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Teatro para los niños, felicidad para mí

Desde hace cinco años he intentado que una parte de mi trabajo dentro del ámbito social sea dar clases de teatro a niños. Lo hice en Bruselas por primera vez y continué en Madrid. En Perú busqué dónde hacerlo mucho antes de llegar y se convirtió en una de las mejores experiencias que tuve allí. Ahora trabajo para una conocida ONG como educadora y como por azar, una de mis actividades es dar clases de teatro a niños de 6 años.  Y cada día cuando acabo me reafirmo en mis sentimientos: de todos los trabajos que he realizado en mi vida, dar clases de teatro a niños sin duda ha sido y es, el mejor.
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Subir las escaleras de camino a la clase debe ser un juego. Llegar hasta la puerta es otro más. Entrar a la guarida-clase requiere una contraseña para que la mano-manivela  de la profesora se abra...

Escuchadme, quiero saber cómo os sentís. Escuchad a los compañeros, quien quiera hablar debe tener la pelota en sus manos. Esta será nuestra voz.

"¿Qué tal estás Víctor? ¿Has tenido un buen día hoy?"
"No"
"¡Oh! ¿Qué ocurrió?"
"Que mi padre me ha pegado un tortazo en la comida"
"ah...¿Y eso, porqué?"
"Es que me manché de kétchup sin querer y me pegó en la cara"
Mutis de la profesora.
Que no puede regañar al niño por haberse manchado, ni tampoco hablar mal del padre delante de él.
"Ya entiendo… ¿Te ha hecho daño?"
Que no puede coger al padre a  la salida del colegio para decirle “oiga usted, no sé qué normas rigen en su país, pero en este en el que está viviendo, no se pega un tortazo a un niño de seis años al que se le ha caído un poco de kétchup en el jersey"
"Bueno, una mancha de kétchup en la ropa no importa, ¿verdad? Además lo hiciste sin querer"

Pero la clase debe empezar antes de que cada niño desee fervientemente contar su anécdota particular con el kétchup. La profesora piensa que estas conversaciones del inicio les demoran demasiado casi siempre. Todos los niños a esa edad están ansiosos por hablar, contar cualquier cosa que nada tenga que ver con la pregunta que se les ha planteado.
"¿Sabéis lo que es la violencia?"
"Sí"
"La guerra"
"Pelearse"
"Pegarse"
"Eso es. Hacer daño a los demás o a uno mismo. También insultar. Puedes hacer daño insultando y gritando a otra persona. "
"¿Y sabéis lo que ocurre en el cuerpo cuando gritamos e insultamos? Que el corazón empieza a latir muy deprisa. Nos sentimos nerviosos y veis la pata de esta mesa de hierro? ¿está dura verdad? Pues todo nuestro cuerpo por dentro se pone así cuando nos enfadamos"
"Sí, el corazón empieza a latir así, profe, pum pum pum."
"El corazón se asusta de lo que está ocurriendo en nuestra cabeza y reacciona. A los adultos también nos pasa. Y a veces nos enfadamos mucho entre nosotros, y nos decimos cosas que no deberíamos decir."
"Como el padre de Víctor y la madre de Jesús en el patio"
Casi todos habían sido testigos de lo ocurrido minutos antes en la entrada del colegio. Detrás de la puerta había un tumulto de niños esperando impacientes a entrar, y algunos padres acompañándolos impacientes también porque sus hijos entraran. “Papá Jesús me ha empujado”. La cara angustiada de Víctor eso sí lo advirtió la profesora y también la del otro ,el empujador, victorioso y bien sujeto a la puerta, para ser el primerito en entrar. Nada había de excepcional en la escena salvo el denigrante comportamiento que en esos momentos empezaron a tener los padres de ambos niños.

 "¿Quién te ha empujado, Víctor, dime quien?"

Todo ese cruce de palabras había sido demasiado rápido y absurdo como para impedirlo. “si le tienes que pegar Jesús, le pegas. Tú defiéndete” Las palabras de ambos progenitores caían como piedras sobre el grupo de niños, que perdido su habitual protagonismo, contemplaban la escena sin intervenir “a quien va a pegar, joder. Victor si te pega él a ti me lo dices. A mí hijo no le tocas” y la madre una gitana  jovencísima: “No seas tonto Jesús, si te hace algo le pegas, tú defiendete” . Seis años. Y todos los niños alrededor mirando callados, escuchando esa oda a la violencia.
 La profesora continuaba atónita al otro lado, sin acabar de comprender la historia, con las llaves de la puerta en la mano, dudando. Porque no es la maldita hora y no tiene muy claro si puede abrir o no, pero hay dos padres peleándose, con sus cuerpos y sus cabezas sobresaliendo por encima de la de los niños que les miran aprehendiendo todos los detalles de la escena. Y la profesora siente el movimiento de sus cerebros normalizando la violencia.

"Yo una vez escuché gritos en mi casa por la noche. Pensé que mi madre gritaba por el futbol.  Me levanté y vi a mi padre encima de ella en el suelo pegándola. Y mi madre gritaba y tenía sangre aquí"
"Y te asustaste"
"Sí, me latía el corazón muy rápido"
"¿Y qué hiciste Sergio?"
"Me metí en la cama otra vez"
"¿No avisaste a tus hermanos mayores?"
"No"

La profesora busca las palabras adecuadas. Porque Sergio vive con su padre todavía y es el señor que viene a buscarle de vez en cuando, tan elegante él. El mismo señor que le da un beso al recogerle y le lleva de la mano hasta su casa.

"Creo que tu padre se puso muy nervioso, no se daba cuenta de lo que hacía. Seguro que a él le latía también muy rápido el corazón. A veces…los adultos hacemos cosas que están muy mal. Perdemos el control de nuestra cabeza y de nuestro corazón. Tienes que darle muchos besos y abrazos a tu padre Sergio. Cuando una persona hace daño a otra es porque tiene mucho miedo"

Vamos a empezar la clase, luego hablamos otro ratito. “¡Pero yo también quiero decir algo!” “Pero Gina, no podemos pasarnos la clase de teatro hablando”. “¡jooo!” O  tal vez sí, piensa la profesora, "¿porqué no podríamos pasarnos la clase hablando si es lo que deseamos?" Dejarles hablar hasta que se cansen, dejarles hacer lo que quieren por una vez.

“Todos de pie, vamos a cantar las normas muy alto. Inventemos un ritmo nuevo. Movámonos mientras las cantamos. Sergio ven aquí! Vamos a cantar las normas. Walid, Walid! ¿quieres venir de una vez que te estamos esperando para empezar?”
Círculo. “Cojámonos la manos como hermanos” canta siempre la profe medio en broma. Y empieza a explicar el juego, con un balón rojo en la mano. “Es un juego de concentración en el que hay que estar muy atentos. Así que abrid bien las orejas para escuchar la explicación”. Y mientras explica no lo puede evitar, vuelve a su cabeza la imagen del padre sobre la madre  sujetándola contra el suelo, y la mirada de Sergio detrás de su espalda. Y el ruido de su corazón llenando todo el espacio. También vino la policía dijiste una vez. ¿Fue aquella vez?
“Si no estamos atentos, se nos caerá el balón al suelo. Si ocurre querrá decir que no estamos concentrados, entonces empezaremos a contar de nuevo desde el uno. ¿Esto es un círculo o un churro?”  Belén había salido del círculo hacía algún lugar de la clase que ella consideraba más importante que “el churro”. “Belén, ¿por qué estás debajo de la cara triste? “Porque ningún niño te escucha” “Belén… tú tampoco me escuchas, hace un rato que no estás en el círculo”

Vamos a empezar. Los niños se miran a los ojos antes de decidirse a lanzar la pelota al compañero, se demoran en elegir, les gusta hacerlo así. Rápido Sergio, lánzala. Concentración. Miraos a los ojos. Hace falta mirar a los ojos primero David, y no lanzar hasta que la otra persona te mire. ¡Mírame! Y no vale apartar la mirada. Y la mancha de kétchup tan roja como la mejilla del pequeño Víctor. Sus grandes ojos negros y su cabeza rapada. Y lo bien que se le da hacer de marioneta, como se abandona, como confía a sus 6 años. Que no le importa tirarse hacia atrás aunque las manitas de sus compañeros fallen. Y sus piernas parecen de trapo en los brazos de la profesora, y sus brazos puro chicle. Ni pizca de miedo. Y la profesora observa en los niños esa cualidad, y piensa en qué es lo que ocurrirá a partir de aquí y hasta los treinta, para que ya no confíen, para que ya no se tiren de espaldas sin saber si alguien les sujetará. Para que se conviertan por dentro en una barra de hierro, como la de la pata de la mesa. Para que sus cabezas manden en sus corazones. Para que sus corazones no puedan parar si se lo ordenan sus cabezas. Será la torta en la cara porque te manchas de kétchup. Y ya no quieres tirarte para atrás, porque has aprendido que el suelo duele tanto como las tortas con sabor a kétchup.

El grupo consigue pasarse la pelota sin que se caiga hasta diez veces. El entusiasmo descontrolado da al traste con el círculo. Y después del alboroto y patinadas por la clase que acaban con  todo el grupo de niños por el suelo, la profesora consigue que rearmen en círculo de nuevo. El timbre del cuenco tibetano ha sonado y eso significa pausa, significa "sentaos". Cambio de ritmo. Estatuas. “es el momento de la relajación” dice la profesora, pero todos quieren ir al baño. A la teacher siempre se le olvida hacer un descanso, tan emocionada está ella viendo a los niños actuar, accionándolos. Al principio pensó en poner una hora concreta para hacer la pausa, pero los ritmos fisiológicos de los niños a esa edad no entienden de horarios, así que basta con que alguno le diga: "necesito ir a hacer pis", para que ella considere oportuno y necesario hacer un descanso. Además hace tanto calor en la clase que ingerir agua con frecuencia es imprescindible “ Daniela! ¿Cuántas capas de ropa llevas? Quítate una más, estás sudando. Voy a tener que hablar con tu madre, se debe pensar que vas al polo norte a hacer teatro”. “¡Yo también tengo calor profe!” “Quitaos todo eso, parecéis cebollas! ¡tres mangas largas! Os voy a llamar cebollitas. ¿no sabéis que las cebollas tienen muchas capas? El próximo día traeré una y os lo enseñaré. Pues vosotros sois como cebollitas con vuestros innumerables jerséis y camisetas una debajo de otras” “¡Qué no profe, que yo no soy una cebolla!”

“Vamos a tumbarnos boca arriba y a respirar muy profundo. Vamos a poner toda nuestra atención en nuestro estómago que sube y baja cada vez que respiramos. Vamos a contar las veces que respiramos. No te muevas Daniela, he dicho boca arriba. Escuchemos la música. Imaginemos que después de esta clase vamos a hacer algo que nos gusta mucho. Jesús, Javi dejad de reíros, es el momento de la relajación. Imaginemos ahora que perdonamos a alguien que nos ha molestado o hecho daño. Vamos a imaginar cómo le decimos “te perdono” y como le abrazamos. Víctor cierra los ojos. Vamos a pensar en una persona a la que queramos mucho, vemos sus ojos, su cuerpo, como va vestida. Imaginamos que la abrazamos muy fuerte y que ella nos sujeta”


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