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viernes, 24 de mayo de 2013

Noches de Voluntariado


Hay días dónde la noche de voluntariado se complica más de lo deseado. Noches en las que la realidad  cae sobre ti como una piedra en la cabeza, lanzada con intención de matar. En esas ocasiones la noche termina con una imposibilidad absoluta por parte del voluntario de expresar con palabras lo que siente. 

Esto me enerva, que no hayamos sido capaces de encontrar un término apropiado para cada emoción. Se nos quedaron tantas por nombrar… Si existieran todas las que me faltan, ahora podría usarlas sin dar tantos rodeos, y sin tener que recurrir a un jodido sinfín de metáforas para decir simplemente que hay noches de voluntariado dónde el corazón te lo pone difícil. El corazón sí, actuando en connivencia con el cerebro, le otorga un dramatismo añadido a esas noches en las que todo parece injusto, oscuro y resignado, y la raza humana egoísta e inepta para la supervivencia. Noches pesadas dónde el más mínimo “accidente” trastoca la superficial armonía emocional en la que se mueve el grupo. Se rompe el pacto, los roles se difuminan.

Se puede llegar a no juzgar la realidad que te rodea, la aceptas  y la vives de la manera más alegre y positiva posible, seleccionando sólo lo mejor. No es idealismo, es la verdad, incluso en la más terrible de las circunstancias se puede, nosotros voluntarios incansables de las noches, lo hacemos. No hay separación ni juicio en esos instantes  maravillosos, pues no hay más posibilidades de las que están ocurriendo.  No existe la posibilidad de “tenemos que hacer algo” ni la sensación de “esto no es suficiente”, no existe “¿por qué?”, no hay cabida para “deberíamos…”. Pero ese equilibro a veces se pierde tan rápido como avanza la noche…

R se reía en su tienda de campaña hablando de su grave enfermedad, quitándole importancia a su sufrimiento, resignada y cambiando de tema. Que le está gustando Cumbres Borrascosas que curiosamente ¡es mi libro favorito! Y si no has leído Jane Eyre de Charlotte Brönte vas a alucinar en  serio te lo voy a traer el próximo día ¿Y dónde tienes todos los libros que te regalan mujer? No lo puedo creer pero me decías que estás muy enferma y cómo te ríes a pesar de todo dame un abrazo no lo puedo creer estoy más triste que tú  estoy triste. Estoy triste. 

Esta conversación me ha puesto triste a pesar de que tú reías. O tal vez esta especie de melancolía venga de lo que vi unos minutos antes: a una anciana desecha, borracha y magullada, perdida casi la consciencia, recostada sobre mi compañera que sólo intentaba salvarla de algo, de la noche o de ella misma. Le hablaba, devolviéndole la dignidad con cada uno de sus gestos, recordándole que era una persona, ¿no te acuerdas? Eres una mujer, estás viva. Pero yo me fui, y ahora pensaba que no había sido R con la descripción de su cirrosis terminal lo que me había dado ganas de llorar, si no toda esa escena. O espera, espera un momento, quizás debiera ir unos minutos más atrás, pues me había conmovido de forma inesperada también que P hubiera estado ingresado ese fin de semana en el hospital y ahora estuviera de nuevo y aún sin recuperar, en la calle.  

Había sido una buena mañana y un mejor fin de semana. Pero el equilibrio existe en el presente, sólo en las hipótesis se genera el conflicto. Fue comenzar a juzgar la realidad y empezar a sufrir. 
Mi compañero y yo no dudamos en alimentar nuestras creencias acerca de lo que habíamos visto hasta nuestra siguiente parada. Es como un ritual, el grupo nocturno se refuerza en sus teorías y conjetura para inventarse las piezas del puzle que le faltan, necesitamos ver la imagen completa para entenderla y de 500 piezas nos faltan la mitad, así que “bla, bla, bla” Lo bueno y lo malo, lo deseable y lo indeseado…

Una de las personas que visitamos en la calle
En esas noches piensas en la muerte, crees que sabes y no te equivocarás, que algunas de esas personas a las que visitas en la calle, morirán enfermas y solas hasta que alguien las encuentre. Y entonces entran en juego los jodidos porqués de la vida, que porqué esto y no aquello otro, que porqué él y no tú… no hay quien pare esta lógica cuando empieza a funcionar.

Y sin embargo, yo sabía que no había nada malo en aquella noche, ni nada más erróneo que mi interpretación del mundo. Que la gente esté enferma y sóla en la calle, es terrible, es síntoma de una sociedad equivocada, lo que te acaba de contar R es tan fuerte e inaceptable que sólo puede causarte pesar. ¡Todos los que duermen apacibles o atormentados en sus camas en estos momentos, deberían salir de ellas para buscar una solución y acabar con tanta miseria!. ¡Y cuánto más podría hacer yo!

Nada. Porque las posibilidades son algo que no existen más que en nuestra mente. Nada absolutamente más de lo que estaba ocurriendo esa noche podía ocurrir. Incluso mi tristeza era perfecta. Pensé que no podría continuar, que no quería y además había empezado a entender. El panorama de debajo del viaducto era el habitual. Media docena de africanos embutidos en sus sacos de dormir, nosotros que nos acercamos a ofrecerles un caldo y una charla. Pero esta vez dormidos. Todo se me antojó peor, más lúgubre y abandonado que nunca. Fue breve esa parada y me alegré. Y ya entendía, ya lo sabía, y todas las palabras de después fueron más bla bla. Que no había nada triste afuera, nada con lo que identificarse, ni nada que rechazar. Y que había más emotividad de lo habitual sí, pues hay noches de voluntariado dónde tu mente, corazón, ¿mente? ¿corazón? No sé bien la diferencia… se complica más de lo deseado.

Y esa noche de vuelta a casa no hubo preguntas, pero quedó todo lo demás. 



Sobre mi voluntariado con personas sin hogar he escrito más AQUÍ 

* Todos los artículos de este blog, recogen mis experiencias personales y mi manera de interpretar aquello que vivo, la cual no tiene porque coincidir con la del resto de personas que me lean. No pretendo ofender a nadie, esto es sólo el reflejo, de una forma de sentir.

domingo, 27 de enero de 2013

Gracias por luchar por nuestros derechos


                                  Lucha contra los desahucios delante de Bankia en Madrid

Recuerdo hace una década, quizás más.  Pasear por las calles del centro de Madrid y encontrarme de pronto con una tienda de campaña prácticamente envuelta en cartones y sábanas con consignas. Una mesa con hojas y una o dos personas detrás cuyos rostros personificaban algún tipo de desgracia, algún tipo de lucha que me era completamente ajena. Quizás volvía la vista con curiosidad,  recuerdo acercándome, pero no puedo ni haciendo un esfuerzo de memoria, acordarme de ninguno de los motivos por los que aquellas personas estaban allí.
En democracia siempre ha existido esa manera de reivindicar,  no saliendo a la calle, sino “estando” en ella, tomándola, usándola, transformándola y comprometiéndola a favor de la causa por la que se lucha. Siempre existió desde que tengo uso de razón, y sin embargo esa realidad nuca fue tan cotidiana como lo es en estos momentos.  A nadie le extraña ya ver en cualquier calle de Madrid, a un grupo de personas organizadas detrás de una tienda de campaña o de una mesa de firmas. Y los mensajes de sus pancartas no necesitan de ninguna explicación   porque la realidad de la que hablan nos toca a todos.
Voy a mi ambulatorio y tardo veinte minutos en recorrer los 50 metros que hay hasta la puerta del médico leyendo las consignas y recortes de periódicos de la pared a favor de la sanidad pública. Son mensajes claros, insultos, chistes, y mientras los observo en mi mente formulo la que colgaré en mi balcón si algún día no hay nadie para atenderme allí, si algún día me hacen sacar un sólo euro de mi bolsillo para pagar una consulta. Esas pancartas obligan a cualquiera de las personas de la sala de espera a esperar indignándose, a olvidarse de su propio  malestar para sentir el de todos.
 Aún con el problema de la sanidad en la cabeza, me tropiezo de camino al trabajo, con un  campamento de trabajadores afectados por un despido masivo. Lo identifíco de lejos porque una gran columna de humo lo corona, ya nada me sorprende. Entonces me paro a leer los carteles con las que las más de 200 personas despedidas de la fabrica ROCA en Alcalá de Henares han adornado su asentamiento para protestar. “ORCA” así han rebautizado a la empresa que les ha dado trabajo hasta hace poco. "Suena fuerte esa palabra", pienso, pero acaso ¿no tenemos todos nuestra propia soga al cuello a punto de ser apretada en cualquier momento? Me doy cuenta de que hay ahora una comprensión hacía la desgracia ajena que antes no había. Se produce sutilmente y de manera poco consciente. Que mi desdicha es la misma que la de los demás o que puede llegar serlo y que no es conveniente que ignore el sufrimiento ajeno puesto que éste es el mismo que padezco yo y el de la gente a la que quiero.
No sé si es solidaridad pero las personas que llevan 95 días acampadas en la calle Celenque de Madrid, delante de la sede de BANKIA y que luchan por encontrar una alternativa a los desahucios, me dicen que es asombrosa la cantidad de gente que se interesa por ellos, desde la vecina de la tienda de enfrente quien les lleva un termo  todos los días, hasta ciudadanos anónimos de diferentes partidos políticos (sí, también de derechas) que firman, les preguntan, se interesan  y les hacen donaciones apoyando la causa por la que están allí.
Siempre ha habido desahucios en España y sin embargo parece que ahora de pronto todos entendemos lo que supone quedarte sin tu piso. Siempre ha habido paro y mucho en este país,  pero  es ahora cuando comprendemos la enorme desgracia que puede ser no  encontrar un trabajo digno con el que poder ganar suficiente dinero para poder vivir. ¿Qué ha pasado para que podamos ponernos en la piel de los demás aún no estando afectados por sus mismos problemas?
Lo que pasa es que aquello con lo que empatizamos los españoles no es con el problema del otro, si no más bien su indignación.  Porque a todos nos afecta en alguna medida el maltrato social del que estamos siendo víctimas. A unos les golpea en el pecho, a otros en la espalda, a otros en la cabeza y los golpes vienen así, sin avisar y no hay lugar en el que esconderse de los golpes. Me alegra comprobar cómo la indignación va extendiendo su efecto contagioso entrando en lugares hasta los que nunca había llegado.
Conversando con los compañeros  de Stop Desahucios y la Plataforma del 15 M me asombra ver que la mayoría de los que están allí son extranjeros, Ecuador, Santo Domingo, Perú. Gente doblemente afectada por las tropelías de estos gobiernos y por los embates de la crisis. Mucho se ha hablado, y quiero poner un punto de atención en esto, sobre los extranjeros, que a causa de la crisis, regresan a sus países. Pero ¿Quién ha hablado sobre los inmigrantes que se quedan a luchar por los derechos de todos en España? ¿Quién habla de los que salen a la calle y se convierten en motores de las movilizaciones sociales? De las 7 personas que estaban en Celenque el día que los entrevisté, cinco eran de otros países.  Personas que están poniendo sus capacidades y toda su energía en producir cambios que beneficien no sólo sus propias vidas, si no la de todas las personas que vivimos en este país. Ellos, con su esfuerzo universalizan la solidaridad, la sacan de lo local, de esa forma de pensar tan propia de nuestra especie: “yo” “mi país” “mi casa” “mi trabajo” “mis hijos”.

Desde aquí un aplauso para estas personas que han entendido que sólo cuando empecemos a manifestarnos por los hijos de los demás, sólo cuando la reivindicación sea por “nuestra salud” y no por la “mía”, sólo cuando el minero esté presente en las manifestaciones de los funcionarios, y me importe tanto mi trabajo como el del desconocido, sólo entonces el cambio será posible. Un reconocimiento para los ciudadanos que sin estar afectados por los desahucios, unen sus cuerpos delante de la policía para impedirlos. Para los que se quedan tres meses en invierno debajo de una tienda de campaña día y noche no reclamando por sus derechos, sino por los de todos.  Gracias a todas las personas que un día decidieron salir de su casa para no volver a entrar, hasta que los poderes responsables de sus problemas, no resolvieran las injusticias de las que habían sido víctimas. Gracias porque todos vuestros logros han creado precedentes de los que nos beneficiamos todos.
 No creo que cada ciudadano deba montar un campamento ni  poner a disposición de la gente una hoja de firmas como forma de protesta.   Pero es absolutamente imprescindible en estos momentos, pararse a pensar ¿CUÁL ESTÁ SIEDO MI APORTACIÓN EN ESTA LUCHA POR ALANCANZAR EL BIENESTAR COLECTIVO? Hay tantas cosas que individualmente podemos hacer cada día, que probablemente estés haciendo más de una sin ser consciente. Hazlo consciente.  Yo desde aquí ya os digo GRACIAS por luchar por mis derechos, gracias.



* Todos los artículos de este blog, recogen mis experiencias personales y mi manera de interpretar aquello que vivo, la cual no tiene porque coincidir con la del resto de personas que lean mis palabras. No pretendo ofender a nadie, esto es sólo el reflejo, de una forma de sentir.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Madrid,11 de dicembre del 2012

En agosto del 2012 empecé a acercarme a través del volutariado a la realidad de las personas para las que el cielo es el techo de su casa. Desde entonces, todos los lunes visito a personas que se ven obligadas a dormir en la calle.


 
"El que ha desplazado la montaña es el que empezó quitando pequeñas piedras"

 

 Sobre persona que lo pierden todo he escrito más AQUÍ
 
* Todos los artículos de este blog, recogen mis experiencias personales y mi manera de interpretar aquello que vivo, la cual no tiene porque coincidir con la del resto de personas que me lean. No pretendo ofender a nadie, esto es sólo el reflejo, de una forma de sentir.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Personas buscando personas

Personas buscando a otras personas fuimos anoche. Gracias a Dios  no hizo el frío que esperábamos  ni tampoco llovió. Y estuvisteis casi todos en vuestro sitio. "Colocados". Ocupando vuestro lugar en esta ciudad. Debajo de los puentes, de los soportales, acurrucados en los cajeros automáticos de esos bancos que nos desangran. Gracias por estar ahí muchachos porque es difícil contar lo que anda desordenado.


Dentro de unos meses seréis un número más en las estadísticas. Seguiréis durmiendo en la calle, pero apareceréis en varios informes y en algunos medios, aunque la realidad habrá cambiado, aunque algunos ya estéis muertos, o resguardados con un poco de suerte, bajo algún techo. Seréis una cifra más de esas que intentan ordenar este caótico mundo. 6.000.000 de parados en España.  9.000.000 de personas viviendo en la pobreza, 50.000  deshaucios en el último año, 40 mujeres muertas a manos de sus parejas…
 
Todos formamos parte en cada etapa del camino de uno o varios de estos cómputos que intentan explicar lo que somos. Sí…definirnos es algo en lo que gastamos cientos de horas a lo largo de nuestra existencia. Por eso os tuvimos que hacer tantas preguntas anoche, para que os cataloguen en el lugar que os corresponda, y meteros después en el que creemos más adecuado.



Clasificar: Ordenar o disponer por clases o grupos.

Sinónimos: ordenar, organizar, separar, catalogar, encasillar.

Estad contentos, quizás vosotros no notéis la diferencia, pero en esta sociedad,  si no formas parte de alguna de las medidas que hemos invetado, es como si no existieras.

Nos dijeron que os buscaramos y os hicieramos una serie de preguntas con el fin de indagar sobre vuestra situación y poder mejorarla en el futuro. Parece ser que las estadísticas ayudan a conocer la realidad, y también añadaría yo, a controlarla. Y a dividirla.  Seguimos teniendo mucho miedo al caos. Y nos hacen creer que es vuestra situación  un pequeño caos que hay que restablecer a su antiguo orden de alguna manera.


Caos: Estado de confusión y desorden en que se hallaba la materia hasta el momento de la creación del cosmos
Sinónimos:  desconcierto, desorganización, anarquía, embrollo, enredo, lío, vorágine. 
Tantas preguntas y sin embargo... yo ví porque estuve atenta, que lo que buscábamos los 800 voluntarios que salimos anoche a la calle no eran números, eran personas. Estaba sorprendida, mirando a toda esa gente, jóvenes y adultos que habían acudido a la llamada de las organizaciones con las que colaboraban para llevar a cabo el VI recuento de personas sin hogar. Una noche que prometía ser fría y larga, pero allí estábamos todos los que creíamos que comprometernos con aquello era importante. Varias veces en el transcurso de la noche me pregunté que era o que hacíamos 800 personas a la una de la mañana caminando por las calles casi desiertas de todos y cada uno de los barrios de la ciudad de Madrid. Con ese cuestionario en la mano, que a muchos  nos parecía absurdo por excesivo e inquisidor… con miedo a que alguno de vosotros nos pasarais desapercibidos, temiendo que si no os contábamos, y no aparecíais como número en el futuro informe, sería como si no existierais…

Una persona de las que visitamos los lunes en nuestro voluntariado
 Recuerdo a la que chica se nos acercó. “¿Sois los que estáis haciendo el recuento? Es que acabo de llegar de la Universidad y no me he podido apuntar, ¿me puedo unir a vosotros?”

Recuerdo al policía que nos marcó en el mapa pacientemente los lugares dónde os solían ver.

Recuerdo nuestra atención y convencimiento en lo que hacíamos. La disposición de los VOLUNTARIOS, su sensibilidad.

La certeza de que si por cada persona que ha caído en situación de calle hubiera dos personas más con la voluntad de sacarles de ella…

Y dentro de unos meses saldrán los datos de los cuestionarios que rellenamos ayer, pero vosotros no os enterareis y la concejalía de asuntos sociales habrá cumplido un año más. Y todos estaremos un poco más "tranquilos", un poco más seguros y también controlados. A pesar de que la mayoría llevamos suficientes años en este mundo como para saber que visibilizar un problema en números de poco sirve para mejorarlo. Pero se hablará de ello, porque la realidad que se contabiliza existe, la que no se cuenta no.

Personas buscando a otras personas  fuimos  anoche pero las cifras que buscábamos nos separarán. Y en el momento que las leamos nuestro cerebro hará la división: "5000" personas en situación de calle. “No, yo no estoy ahí, yo no formo parte de esas cifras”. Y sin embargo, anoche mientras conversábamos con vosotros, como hemos hecho tantas otras veces, no sentíamos esa separación. Hablando de nuestras familias, nuestros ideales y creencias, del frío que hacía, de los viajes hechos y por hacer, de las injusticias de estos tiempos... En esas conversaciones no hubo margen para la indignación, sólo para compartir aquello que teníamos en común.

 Y si querido amigo voluntario esa y otras noches dormiste mal, si has vivido la angustia de volver a tu casa y no saber que sientes por tener una cama en la que dormir mientras hay tanta gente sin ella, es porque algo en lo más profundo de tu ser comprende que esa realidad que acabas de ver, no es otra que la tuya propia, y que nos separen de ella es la causa de todo nuestro malestar.

Cuando salgan los números que nos dividirán, no olvides ponerles cara. Porque solamente personas buscando a otras personas fuimos anoche.

La pregunta que no pude responder esta vez fue? ¿Contamos la realidad para mejorarla o para controlarla?
 

* Todos los artículos de este blog, recogen mis experiencias personales y mi manera de interpretar aquello que vivo, la cual no tiene porque coincidir con la del resto de personas que me lean. No pretendo ofender a nadie, esto es sólo el reflejo, de una forma de sentir.

domingo, 2 de diciembre de 2012

"Lo he perdido todo"

Hace unos días tuve un encuentro extraordinario. El acontecimiento causante de que empiece hoy este nuevo blog. Esta historia es real y se la dedico a Adama su protagonista que no ha dejado de estar en mi mente desde que la conocí.

Esa mañana me sentía mal. A las 12 del mediodía caminaba hacía un centro comercial con la idea de comprarme “algo” con lo que pudiera grabar todo aquello que venía conmoviéndome en los últimos meses. Quería grabar todo eso que creaba asombro e indignación a mi alrededor como ya hiciera en Perú, pero mi mente estaba en contradicción.  Comprar  un nuevo objeto con el que gastar el tiempo, ¿para qué?

"Oye, perdona ...  espera por favor, no te vayas... espera"

Una mujer africana de mediana edad se había parado en mi camino interrupiéndo de pronto mi discurso interno. Me miraba fijamente mientras buscaba las palabras exactas que quería pronunciar. Esperé pues me parecía que lo que intentaba contar era importante, y después de unos segundos dudando consiguió hablar: " un momento…¿me puedes decir dónde está el colegio para aprender?"

 Me quedé muy desconcertada porque el lugar en el que nos encontrábamos estaba lejos de cualquier colegio y además era sábado.

“perdona, ¿qué colegio?”

 Ella, una mujer de 40 años, bien vestida, pelo corto, me miraba buscando una respuesta a algo que yo no lograba entender."¿vives aquí cerca?" le pregunté. "no lo sé... lo he olvidado" me dijo.  Me dí cuenta de que estaba desorientada y perdida, en medio de un lugar que no reconocía. No había nadie más caminando por allí. A nuestra derecha un descampado, a nuestra izquierda pisos residenciales. En medio nosotras, encontrándonos.

No sabes dónde estás, ¿vives en este barrio?…”

No era capaz de darme una respuesta con sentido. Me angustié.Debe ser horrible la sensaciónde no saber dónde estás pero a ella le dije que no se preocupara y que me dejara su teléfono para intentar llamar a alguien de su familia.  Y mientras lo encendía, recordé que muy cerca de allí se encontraba el albergue del Pinar de San José, que da cobijo a personas sin hogar...

"¿Estás buscando el albergue del pinar de San José? ¿quieres ir allí?
"no,no allí sólo duermo. Sólo estoy por las noches"

 Había algo extraño en su discurso, era un sábado muy frío por la mañana y de pronto me pareció que yo había llegado hasta allí ese día con mi angustia sólo para encontrarme con ella.

"¿Cómo has llegado hasta aquí?"
" He cogido el autobús  pero no sé dónde estoy. Estoy muy cansada, yo solo...necesito descansar. "  

Tenía dificultades para expresarse en castellano asi que la pregunté:"est ce-que  tu parles français?"
Sí, lo hablaba, se llamaba Adama y era de Senegal. Y de pronto aquello que bloqueba su mente se soltó y empezó a responder a mis preguntas en su lengua.

"Soy de Dakar.En mi país era enfermera.Viene hace cuatro años a trabajar a España. He estado cuidando ancianos, estuve un años haciendo eso, hasta que el anciano a quien cuidaba murió...y después ya no encontré nada, no sé que ha ocurrido en mi vida para llegar a estar situación"

Y dió igual las veces que hubiera escuchado una historia parecida. Cuando Adama  se calló, no supe que decir, porque todo me resultaba banal: la sociedad que permitía algo así, lo material y lo inmaterial, las preocupaciones de ayer y las de hoy, todo me parecía absurdo,  como si por un momento el lugar del mundo en el que me encontraba me hubiera desplazado de golpe hasta hacerme perder el equilibrio y ya no supiera bien dónde estaba, porque en realidad daba igual.

"Yo... no sé como he llegado a esta situación, ce ne pas posible, ce ne pas posible... J'ai tout perdu".

"Lo he perdido todo" lo repetía una y otra vez, y una sucesión de imágenes atravesaban mi cabeza a la vez que me agarraba el corazón un fuerte sentimiento de injusticia, pues en aquel momento en que la vida nos juntaba a las dos, yo no podía devolverle a esa mujer nada de lo que había perdido.

 "Tengo dos hijos mayores que viven en París. Mi familia está separada... Yo sólo quiero un trabajo y una casa...no quiero nada más... quiero volver a reunir a mi familia. ça me rendre folle. No entiendo...como he llegado a esta situación, es una locura"

Ahora su discurso era perfecto y coherente y ya no quedaba ni rastro del aturdimiento en el que la había encontrado. "yo sólo quiero un trabajo y una casa" ¿cúantas veces había oído eso en los últimos meses? ¿y cúantas veces me lo había repetido a mi misma en este tiempo?
Hacía frío, allí paradas con nuestros abrigos  temblábamos las dos asi que le dije que si quería podíamos coger el autobús que la llevaba muy cerca del albergue, o si prefería podíamos caminar tranquilamente hasta allí. Su cara se iluminó y me dijo "prefiero andar" La cogí del brazo y muy pegaditas las dos avanzamos en nuestro camino.

 "He pedido la repatriación y me han dicho que en marzo quizás. Aquí no tengo amigos, mis compatriotas me han abandonado. No conozco a nadie. Yo sólo quiero un trabajo...en Senegal pagan muy poco, no se puede vivir con eso...No entiendo cómo he podido llega a esto... No tengo casa, aunque nunca he tenido que dormir en la calle afortundamente…"

Mi mente se dividió. Una parte estaba allí con ella pero la otra...la otra retrocedió en el tiempo y se fue a Senegal.  Y la vi en Dakar hace 20 años criando a sus hijos, con la ilusión de tenerlos en brazos, quizás sólo tenía eso, pero ya era mucho más de lo que tenía ahora. Me la imaginé bailando con sus amigos, casándose, trabajando, dando un abrazo a su madre. Me la imaginé joven, como ahora soy yo, con sueños e ilusiones, vi sus esperanzas de venir a Europa, de querer mejorar su vida, y me pregunté qué es lo que había pasado en los últimos cuatro años para que en ese momento estuviera a cientos de kilómetros de su cálido país, lejos de todo lo que le era  familiar, y sin una persona que la acompañara a su habitación. Me pregunté que había hecho esa mujer de erróneo  para no tener una cama para descansar cuando lo necesitaba. Porque nos abanadonábamos así los unos a los otros.

Seguimos hablando de cualquier cosa, de la falta de medias en sus pies, de lo que había desayunado aquella mañana y de lo dicífil que estaban las cosas en España. Yo colgada de su brazo... todo me parecía tan normal que imaginé que en otra vida quizás habíamos sido amigas.

 "No puedo trabajar. No sé que me pasa, a veces mi cabeza no está bien, no comprendo que le ocurre, hace eso..." 
"¿quieres decir que se te olvidan la cosas, como antes...?"
"sí..."
Su mente se volvió a parar. "¡Mira los niños!que bonitos!"  estaba extasiada"¿te gustan los niños?" "siiii" su mirada se había vuelto a perder y sentí que nos separábamos "Estamos cerca del albergue", le dije "¿sabes llegar desde aquí?" me miró  y me dijo. "Sí, sí, muchas gracias. Gracias"

Parecía contenta, era probable que en ese momento siguiera sin saber dónde estaba, pero su ánimo parecía en calma. Le di un fuerte abrazo y dos besos “ánimo” le dije aunque cuando lo hice sentí que me dirigía  más  a mí que a ella.

Retomé mi camino, con la imagen de Adama acompañándome. No miré atrás, pero fantaseé con que justo en ese punto dónde yo la había dejado, llegaba otra persona a recogerla y la ayudaba a entrar en el albergue. ¿No debería ser así? La exclusión empieza a producirse cuando ya no hay nadie esperándonos en el mismo lugar dónde la última persona nos despidió.

Y  yo ya no estaba triste ni confundida, tampoco contenta, más bien tranquila, en el centro de dónde debía estar "¿Era aquello autocomplacencia?" me dije, no, sólo que lo que yo necesitaba aquella mañana no era una cámara nueva, era compañía, y la encontré en aquella mujer durante unos minutos.

Pensé en que más hubiera podido yo ofrecerle como ser humano a Adama, y acepté por primera vez de una manera como no lo había hecho nunca antes, que  no podía ayudar a todas las personas que se cruzaban en mi camino, pues no dispongo ni de la capacidad ni de los recursos, ni de la energía necesaria para ello. Tan claro era esto para mí como el hecho de que, sin embargo, lo que sí podía hacer era escribir sobre ellas, darles voz y  hacerlas visibles.

Porque todos merecemos estar presente en la memoria de otras personas sea cual sea nuestra circunstancia...
                                                               Palabras para Adama...

La única pregunta que ese mañana no pude responder fue:
Siete mil millones de seres humanos en el mundo, ¿Y cuántos de ellos sintiéndose solos?

 De personas deshauciadas escribí más AQUÍ 

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